A veces Dios se me sienta enfrente, pero no dice nada. Solo fuma.
Y yo también. Porque, sinceramente, ya no estoy para sermones ni para cuentos con finales felices.
Hay días en los que uno se sienta, mira el techo descascarado de su fe… y se pregunta cuándo fue que se le rompió el alma por portarse bien.
Nunca fui bueno para rezar.
Nunca me convenció ese Dios obsesionado con lo que hacía mi mano derecha cuando estaba solo en mi cuarto,
pero completamente ausente cuando lloraba abrazado a una almohada.
¿Te pasó?
¿Ese momento en que te das cuenta de que el infierno no es un lugar… sino una herencia?
Un miedo ancestral disfrazado de salvación.
Un amor que venía con condiciones, cláusulas, amenazas en letra chica.
Y claro, uno obedece. Porque nadie quiere arder. Porque nadie quiere decepcionar al Cielo.
Pero por dentro… algo empieza a pudrirse.
No, esto no es un ataque a la religión.
Es un epitafio para ese Dios inflable que nos metieron en la cabeza.
El que se ofende fácil. El que necesita que lo adoren. El que vigila, pero nunca abraza.
Ese Dios que más que amar, controla.
Que más que sanar, administra.
Un gerente de lo moral que castiga con silencio y premia con culpa.
Y entonces aparece la duda.
Y si no la tapas a rezos… crece.
Yo la dejé crecer.
Y en ese momento de mierda, de vacío total, caí —casi por error— en un libro.
Žižek. El dolor de Dios.
No es un texto de autoayuda. No es espiritual. Ni siquiera creyente.
Pero fue ahí donde encontré algo que ninguna iglesia me había dado:
una imagen de Dios… rota.
Cristo en la cruz.
Gritando. Sin respuesta.
“¿Por qué me has abandonado?”
Y Žižek dice:
Ese es el momento más honesto de toda la religión.
Ahí no hay poder. No hay milagros. No hay resurrección todavía.
Solo dolor. Soledad. La ausencia total de sentido.
Un Dios que no sostiene el universo desde arriba…
sino que se desploma con nosotros.
Que no observa la tragedia desde un trono,
sino que la vive desde adentro,
convertido en carne… y en duda.
Y sin embargo…
ahí está lo divino.
No en la perfección.
Sino en la grieta.
No en el cielo…
sino en el grito.
Y me cayó como una bomba:
Quizás lo que he estado odiando todo este tiempo no era a Dios…
sino a su mala representación.
Quizás el problema nunca fue dudar…
sino tragarse las dudas sin hacer ruido.
Tal vez no se trata de creer o no creer.
Tal vez se trata de atreverse a mirar el dolor sin vestirse de dogma.
A mirar la herida sin necesidad de ponerle cruz ni incienso.
Y si ese Dios también sintió el abandono…
quizás no estoy tan solo como pensaba.
Tal vez Dios tampoco se reconoce en esa imagen.
Tal vez también Él la odia.
Tal vez el grito de Cristo no fue solo por abandono…
sino por haberse sentido extraño en su propia divinidad.