Sobre la tensión entre sostener el vacío y “creer en el paciente”

Luis Virrueta

AUTOR:

Luis Virrueta

Psicólogo y Psicoanalista

¿Quién soy?

I. El deseo del analista como posición vacía

Bruce Fink, en El sujeto lacaniano, formula una idea crucial:
el deseo del analista no es un deseo por algo específico, sino una posición estructural que permite que el deseo del paciente se despliegue.

Esto significa que el deseo del analista no es personal ni voluntario. No es querer que el paciente se sienta mejor, ni proyectar una expectativa de éxito. Tampoco se trata de una forma de bondad.

Es una función, casi una operación lógica:

No ocupar el lugar del saber.
No cerrar el sentido.
No responder por el sujeto.

Ese deseo opera como una pregunta abierta y viva:

¿Qué quieres tú realmente?
¿Qué te dice tu síntoma?
¿Qué hay en ti que aún no ha sido escuchado?

En este contexto, no es el analista quien desea, sino quien encarna el enigma del deseo.

II. El analista no como Ideal del Yo

Cuando Lacan, y Fink tras él, insisten en que el analista no debe identificarse con el Ideal del Yo del paciente, señalan un principio clínico y ético: el analista no es modelo ni maestro, no es el que dice cómo debe ser el paciente.

Ese lugar ya lo ocuparon el padre, la madre, la escuela, la cultura.
El análisis, en cambio, introduce una discontinuidad: el analista no sabe por el sujeto, ni lo ama “a pesar de” sus síntomas. No espera su “superación”, ni lo mide por un estándar.

Incluso frases como “yo creo en ti”, aunque emocionalmente nobles, pueden volverse un obstáculo si provienen del lugar del saber. Corren el riesgo de convertirse en inyecciones de sentido que anulan el proceso singular del otro.

III. ¿Es incompatible “creer en ellos”?

Aquí aparece el nudo. Porque, en la práctica clínica, muchas veces parece que cuando el analista “cree” en el paciente, algo se habilita. Y entonces:
¿Es eso un error? ¿O hay una forma de sostener esa creencia sin romper con la ética del vacío?

La clave está en diferenciar entre creer “algo” del paciente y sostener el espacio donde él pueda emerger.

No se trata de pensar que “va a lograrlo”, como un coach.
Ni de esperar que “se cure”, como un médico.
Se trata de sostener el espacio vacío, el lugar donde el deseo aún no ha sido dicho, pero puede empezar a organizarse.

Ese espacio no es esperanza.
Es algo más radical: una ética del no saber, una confianza estructural en el sujeto, incluso en su goce, incluso en su extravío.

IV. ¿Y entonces qué es ese “creer” que uno siente?

Lo que en la práctica se llama “creer en el paciente” puede tener otra traducción:

Sostengo la apuesta por un sujeto que aún no sabe qué quiere,
pero confío en que, si hay tiempo y lugar, algo verdadero puede decir.
Y no voy a llenar ese espacio por él.

Eso no es optimismo, ni esperanza cristiana, ni una postura motivacional.
Es una forma clínica de fe silenciosa, un respeto radical por lo inconsciente.

Se trata de no ocupar el lugar del saber ni del amor que “comprende todo”.
Se trata de resistir el empuje a tranquilizar, a anticipar, a cerrar.

V. La presencia vacía: ecos filosóficos

Este gesto clínico puede pensarse también desde algunas filosofías del cuidado y del ser.

Heidegger, por ejemplo, proponía que el ser solo puede aparecer en un espacio despejado. El analista sería ese claro (Lichtung) donde algo puede emerger, no quien fuerza su aparición.

Levinas advertía contra toda presencia que devora. El analista, entonces, no explica al paciente, no lo reduce a un sentido, sino que lo acoge sin absorberlo. Una hospitalidad ética.

Bion sugería que el analista trabaje “sin memoria ni deseo”, es decir, sin expectativas, sin anticipación. Porque si cree demasiado, interfiere; si desespera, también. Pero si está ahí, sin estar encima, algo puede nacer.

VI. El equilibrio posible

No hay contradicción, sino una tensión delicada.

Sí: el analista puede “creer”.
Pero solo en tanto esa creencia no se transforme en un Ideal, en una forma de presión o de guía.

Lo que se ofrece no es una imagen de yo restaurado.
Lo que se sostiene es un espacio de emergencia del sujeto.
Un lugar donde el deseo puede reorganizarse, torcerse, decirse… sin ser juzgado ni corregido.

Eso es ética psicoanalítica.
Y eso, aunque no se diga con palabras, se siente profundamente en la transferencia.

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