La existencia es chocar con uno mismo

Luis Virrueta

AUTOR:

Luis Virrueta

Psicólogo y Psicoanalista

¿Quién soy?

I. Tocar no es entrar en el mundo: es chocar con uno mismo

Extendemos la mano y creemos estar tocando el mundo. Sentimos firmeza, textura, temperatura. Creemos que nuestras yemas se posan sobre una superficie ajena, y que desde ahí se produce una relación entre “yo” y “eso”. Pero todo eso es mentira. O, más precisamente, es una construcción.
A nivel subatómico, no hay contacto.
Nuestros átomos jamás penetran el objeto. Lo que sentimos como “presión” es la repulsión entre los campos electromagnéticos de nuestros electrones y los del otro cuerpo. No tocamos el mundo: chocamos con la imposibilidad de atravesarlo. No invadimos la realidad: rebotamos contra ella.

Y es precisamente ese rebote, esa resistencia invisible, lo que produce la sensación de existencia. Si no hubiera límite, no habría sensación. Si todo fuese uno, si no hubiera borde… no podríamos saber que algo ha sido tocado, y por tanto, que algo ha tocado.
Es en el no-poder avanzar, en el encuentro con lo que no cede, donde nuestra conciencia registra “esto está ahí”. Pero lo que esa conciencia suele olvidar es que al mismo tiempo, algo dentro de ella misma se colapsa, se pliega, se delimita.

Y es ahí donde surge una idea inquietante: ¿y si esto mismo sucede cuando miramos? ¿Y si la percepción no es un acto de expansión hacia el mundo, sino de retorno hacia uno mismo? ¿Y si lo que llamamos “ver” fuera una forma de tocar a distancia… y por tanto, de ser tocados

II. La mirada como colapso: cuando ver nos define desde el límite

Cuando miramos por una ventana, sentimos que el mundo se ofrece a nuestra contemplación. Ahí está el paisaje, la calle, el cielo: objetos dispuestos ante nosotros, disponibles, distantes.
Pero algo pasa —si uno se detiene de verdad— en el acto de mirar: no es el mundo el que se vuelve claro… es uno mismo quien se vuelve límite. La ventana no nos muestra lo de afuera, nos recuerda dónde dejamos de ser.

Ver, entonces, no es extenderse hacia lo otro. Es descubrir que hay otra cosa que no soy yo, y en ese descubrimiento, yo aparezco.
No como esencia, sino como frontera. No como sustancia, sino como respuesta al hecho de no ser todo.

Merleau-Ponty lo intuyó con maestría cuando escribió que el ojo no es una ventana, sino una carne que se ofrece al mundo. Ver no es recibir datos. Es dejarse alcanzar. La percepción no ocurre en línea recta del ojo al objeto, sino en una zona de cruce, de presión recíproca, de afectación mutua.
Y en esa presión, algo tiembla. Ese temblor es el yo.
Yo no soy quien ve el mundo: soy quien nace en el momento en que algo no puede ser absorbido sin resistencia.

III. El yo no está detrás de la percepción: es su producto

Esta es la inversión central.
Lo que solemos pensar como un sujeto que observa un mundo dado, es en realidad un efecto producido en la fricción entre cuerpo y entorno.
El yo no está antes de la mirada. Surge cuando el mundo no cede.
Cuando hay una alteridad que se muestra como eso que no soy, entonces, y solo entonces, yo me delimito. Yo me reconozco. Yo me formo.

Desde esta perspectiva, la conciencia no es central. Es periférica.
Se forma en los bordes, en las heridas, en los choques.
Como el reflejo que sólo se manifiesta cuando una superficie se opone a la luz, el yo sólo aparece cuando algo le hace frente.
Es ahí donde se entrelazan fenomenología, física, psicoanálisis y mística: en esa teoría de la resistencia como condición del ser.

IV. Lacan y el espejo: el yo como escisión representada

El psicoanálisis nos da una herramienta potente para pensar esto.
Jacques Lacan muestra que el sujeto no es un origen, sino un efecto de la imagen y del lenguaje. El infante se reconoce en el espejo, pero esa imagen no le pertenece. Es más completa, más ordenada, más entera que su experiencia real. Y sin embargo, se identifica con ella. En esa identificación nace el yo.
Pero nace desde la escisión.

No soy lo que veo en el espejo. Pero para dejar de sentirme fragmentado, me agarro de esa forma.
En ese movimiento —de alejamiento y captura, de desconocimiento y reconocimiento— el sujeto se funda en el borde.
No soy el que mira, sino lo que aparece como forma al intentar mirarme.
Y esa forma me separa de mí, pero al mismo tiempo me sostiene.

V. Levinas: el otro como herida que me constituye

Y si el espejo fue la primera herida, el Otro es la más honda.
Levinas nos dice que no somos sujetos que luego se relacionan, sino que la relación es anterior al sujeto.
El rostro del otro no es una imagen que yo capto. Es una interpelación que me sacude, una presencia que me despierta antes de ser yo mismo.

“El yo se descubre responsable, sin haberlo elegido.”
Emmanuel Levinas

Esto quiere decir que la alteridad no es posterior al yo, sino su origen.
Yo existo porque otro me toca, no físicamente, sino éticamente.
Porque me exige, me cuestiona, me descoloca.
La mirada del otro no me completa. Me hiere. Me vuelve vulnerable. Me crea.

VI. Nisargadatta Maharaj: ver, dejar de buscar, desaparecer

Entonces, ¿qué pasa si llevamos esta teoría hasta su límite?
Nisargadatta Maharaj, maestro del Advaita Vedanta, formula esa experiencia así:

“Cuando veo que no soy eso que veo, comprendo que soy eso que ve.
Pero cuando dejo de buscar lo que ve, comprendo que soy todo lo que hay.”

Primero, el sujeto se separa del objeto: “no soy eso que veo”.
Después, se reconoce como conciencia: “soy eso que ve”.
Pero al final, en un giro abismal, incluso el que ve desaparece.
No hay testigo. No hay centro.
Solo queda lo que hay.

¿Y qué es lo que hay?
No sustancia. No esencia.
Presencia sin límite. Experiencia sin centro. Borde sin dueño.

Conclusión: eres el temblor de un límite, no el dueño de una mirada

Tocar no es tocar. Ver no es ver.
Son formas de aparecer allí donde no hay unidad.
Donde algo no se deja absorber. Donde algo resiste, y al resistir, te forma.

Tú no eres el que está viendo el mundo.
Eres la frontera que tiembla cuando el mundo no se deja poseer.
Eres el lugar donde la presión entre tú y lo otro produce existencia.

No eres conciencia mirando desde un centro.
Eres la herida por donde la conciencia entra.

Y tal vez —como diría Maharaj—
cuando dejes de buscar quién ve,
cuando no trates de saber si tú estás viendo o siendo visto,
solo quede lo que hay:
un campo vibrante, silencioso, inmenso… sin centro.

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