El cuchillo temblaba sobre el cuello del niño

Luis Virrueta

AUTOR:

Luis Virrueta

Psicólogo y Psicoanalista

¿Quién soy?

Cuando el amor se vuelve imposible y aún así no muere

El padre lo había llevado lejos.
En silencio.
Tres días de viaje, como quien arrastra una sentencia que no puede decirse.
El niño, inocente, cargaba la leña.
El padre, callado, cargaba el fuego y el cuchillo.
No había cordero.

El niño lo miró con la dulzura que solo pueden tener los que aún creen que el mundo es justo:

—Padre, ¿dónde está el animal para el sacrificio?

Silencio.
En el pecho del padre, un torbellino.
No era ira, ni odio, ni siquiera miedo.
Era algo más terrible: obediencia sin garantía.

Subieron la montaña.
El viento no hablaba.
El altar fue construido con manos que temblaban.
Y cuando el niño fue atado sobre la piedra, y la hoja se alzó para abrirle el cuello como quien ofrece una flor a los dioses,
el mundo se detuvo.

El relato original: Génesis 22:1–12

“Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.”
(Génesis 22:2)

Dios le pide a Abraham lo impensable:
sacrificar aquello que más ama, lo único que tiene.
Y Abraham no se niega.
No protesta.
No argumenta.
Simplemente… obedece.

Pero justo cuando el cuchillo está por caer,
una voz lo detiene:

“No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya sé que temes a Dios…”
(Génesis 22:12)

Dios provee un cordero.
Isaac vive.
Pero lo que pasó ahí, en ese instante detenido entre el corte y la salvación,
es algo que nadie que haya amado profundamente puede ignorar.

Kierkegaard: El Caballero de la Fe y el Desapego Absoluto

Søren Kierkegaard, en Temor y Temblor, no se contenta con leer este pasaje como un acto de obediencia religiosa. Él ve en Abraham algo más radical:
Un hombre que ha atravesado la resignación infinita, que ha renunciado totalmente a Isaac en su corazón, pero que aún así cree —absurdamente— que lo recuperará.

“Por Dios lo sacrifico, por Dios lo recibiré de nuevo.”
—Kierkegaard

Aquí surge la figura del Caballero de la Fe, una forma de existencia casi imposible:
Una persona que ama profundamente, renuncia del todo, pero no cae en el nihilismo.
Vive en la paradoja:
Ama sin poseer. Espera sin esperar.
Confía sin tener nada que le garantice que no será destruido.

Este es el desapego radical:
No es «soltar para que fluya», sino renunciar a lo más sagrado sin resentimiento, sin amargura, sin cinismo.
Y aún así, mirar al cielo… y confiar.

Lacan: El deseo, la pérdida y la imposibilidad del desapego

Desde el psicoanálisis, Jacques Lacan nos recuerda algo brutal:
Todo sujeto se constituye por una pérdida.
Al entrar en el lenguaje, perdemos una parte de nosotros.
Al desear, perseguimos algo que siempre está un paso más allá.
El Otro —ese gran Otro que puede ser Dios, madre, padre, amante— nunca nos devuelve exactamente lo que buscamos.

Castración, Alienación, Separación

  1. Alienación: Nos identificamos con lo que el Otro espera.
  2. Separación: Descubrimos que el Otro también está incompleto.
  3. Castración: Aceptamos que no hay objeto total, que el goce pleno es imposible.

Desde esta perspectiva, el desapego no es un acto de voluntad.
Es una operación estructural:
Nadie puede sostener al Otro, ni ser completamente sostenido por él.

Así, lo que Abraham hace no es solo obedecer:
Es renunciar a la idea de que Isaac es suyo.
Y en ese gesto, se convierte en sujeto.
Un sujeto que no se define por lo que posee, sino por la manera en que ama lo que no puede poseer.

¿Y si el desapego fuera la forma más radical de amor?

El verdadero desapego no es dejar de amar.
Es amar aún sabiendo que el objeto puede desaparecer.
Es no exigirle al otro que calme mi ansiedad, que llene mis vacíos, que me garantice un “para siempre”.

Es, como Abraham, llevar al altar lo que más amas,
no para matarlo, sino para no aferrarte a la ilusión de que lo controlas.
Y aún así, creer —con todo el cuerpo— que lo que amas vivirá.

● Entonces, ¿es posible el desapego?

Desde este marco, el apego no es una elección emocional, sino la condición misma del ser hablante. No hay sujeto sin otro. No hay deseo sin falta. Por eso:

El desapego absoluto es una fantasía neurótica.

Pero aquí viene la vuelta más interesante:

● El desapego en Lacan no es renunciar al Otro, sino cambiar la relación con la falta.

Lo neurótico se aferra a un objeto o a una imagen del Otro que “le dé lo que le falta”. Busca completud, y por eso no puede soltar. Pero el sujeto que atraviesa la separación y castración, reconoce que el Otro también está incompleto, y por lo tanto, ya no exige que lo complete.

Ese es el verdadero desapego en Lacan:
No es no desear. Es no ser esclavo del deseo del Otro.
Es no atarse a un fantasma que busca taponar la falta.

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