Ustedes eligieron la justicia. Dijeron que la verdad debe salir a la luz, que el inocente debe ser salvado, cueste lo que cueste. Y suena bien. Suena justo. Suena como lo correcto. Pero vamos a ponerle una trampa a esa idea. Porque cuando una respuesta parece tan clara, tan segura, tan automática… es cuando más conviene detenerse.
¿Qué es, realmente, la justicia? ¿Un equilibrio místico que debe restablecerse? ¿Un castigo calculado que se aplica con la frialdad de una máquina? ¿Una forma de venganza institucional que se justifica porque lleva toga y martillo? Slavoj Žižek lo diría sin rodeos: “La moral sin contexto es simplemente ideología vacía”. Es decir, es un molde. Una forma que encaja… hasta que la realidad se derrama por los bordes.
Un libro que puede ayudar a entender, sacudir y clarificar este dilema con profundidad filosófica, crítica y hasta con una pizca de ironía brillante es “Sobre la violencia” de Slavoj Žižek. En él, Žižek desmantela las formas “limpias” de la moral moderna y muestra cómo muchas veces la justicia se convierte en un espectáculo de pureza artificial, donde lo simbólico importa más que lo humano. También vale muchísimo sumar “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon, donde se reflexiona sobre la legitimidad de la violencia, la redención colectiva y cómo el castigo puede ser una repetición del trauma. Ambos textos no justifican… pero invitan a comprender desde el barro, no desde el púlpito y los encuentras en nuestra biblioteca digital, pero por ahora continuemos.
Piénsalo así: el que cometió el crimen… ya no está. Sí, claro, el cuerpo sigue ahí. Camina, respira, va al súper, abraza a su familia. Pero ese “yo” que lo hizo ya no existe. Su conciencia cambió, su mirada cambió, su lenguaje cambió. ¿Eres tú exactamente el mismo de hace diez años? ¿Crees que no hay versiones de ti que hoy ni siquiera reconoces?
Entonces la pregunta es: ¿estás dispuesto a castigar a alguien que ya no es? ¿A encerrar al espectro de una identidad extinguida? ¿Estás dispuesto a encarcelar a tu versión de hace años, aunque tú mismo reconozcas que ya no existe? ¿O es que el castigo debe cumplirse no importa qué, no importa cuándo, no importa quién? ¿Y si quien lo hizo ya no está, pero tú igual exiges que alguien pague… a quién estás castigando realmente?
Ahora imagina otra posibilidad: que existan múltiples vidas, que venimos a este mundo a saldar cuentas. Que lo que se hizo ya fue entendido. Que el alma ya cambió. Ya pagó. Ya limpió. ¿Qué sentido tendría entonces seguir aplicando una justicia que no reconoce lo invisible? ¿Que no contempla la transformación? ¿Es justicia o simplemente un alivio para el observador?
Y vamos más allá. ¿Qué es más cruel? ¿Callar la verdad y proteger a alguien que ha cambiado profundamente? ¿O decirla con orgullo moral, aunque eso implique destruir a un ser que ya no es quien cometió el error? Es fácil hablar de justicia… cuando no tienes que ensuciarte las manos con sus consecuencias.
Pero vamos a cambiar la pieza en el tablero. Ya no es tu amigo. Ya no es un extraño. Es tu hijo. Sí, tu hijo de verdad. No el ideal. No el de las fotos sonrientes. El real. El que ha cometido errores. El que ha tenido rabia. El que ha podido hacer algo terrible. Ese hijo que después cambió. Creció. Se transformó. Y tú lo sabes. ¿Dirías la verdad? ¿Entregarías su vida como ofrenda al altar de la justicia? ¿O lo protegerías en silencio, como ya lo hiciste alguna vez y hoy no te atreves a reconocer?
Porque seamos honestos: ¿cuántas veces hablaste de justicia mientras protegías a alguien que amabas? ¿Cuántas veces fuiste leal por encima de lo correcto? ¿Cuántas veces callaste porque era más fácil, más cómodo, más humano? ¿Y cuántas veces defendiste la verdad solo cuando no te costaba nada?
Te invito a preguntarte con sinceridad: ¿la moral que defiendes es tuya o te la heredaron? ¿Es convicción o es costumbre? ¿Y si tú ya fuiste ese hijo al que alguien protegió sin delatarlo? ¿Y si lo que crees que harías es simplemente lo que jamás has tenido que decidir?
Porque tal vez, la verdadera razón por la que exigimos que alguien pague, no sea por justicia… sino porque no soportamos ver que alguien pueda ser perdonado cuando nosotros aún no lo hemos logrado.
No hay monstruos allá afuera. Solo decisiones que aún no hemos tenido que tomar. Y cuando llegue el día —porque siempre llega— quizás descubras que la moral que te sostenía no era tan sólida como pensabas. Que no era una piedra… sino una cuerda floja.
Y aún así, gracias. Gracias por atreverse a contestar. Gracias por escuchar. Por sentir algo moverse. Porque este no es solo un dilema. Es un espejo. Uno que no te pide que elijas entre el bien y el mal, sino que mires bien desde dónde estás hablando. Y quién habla, realmente, cuando dices: “yo haría lo correcto”.